sábado, 30 de noviembre de 2013

Afónica.

Me he resfriado y, como siempre, me ha atacado a la garganta. He intentado resistir porque tenía un montón de exámenes esta semana y las evaluaciones a la vuelta de la esquina, así que, he ido a trabajar. Creo que los alumnos se han portado mejor que los profesores, han visto que estaba afónica y, aunque han hecho sus travesuras habituales, han dado por hecho que les iba a reñir con una mirada o un gesto, que tenían que leer más de lo que habitualmente hacen la pizarra (muchos ni la miran, no tiene pantalla táctil, no interesa) para seguir instrucciones, escuchar más listenings, hacer el examen en silencio y ya está. Business as usual

Sin embargo, mis compañeras (la verdad es que los hombres pasan más y esta vez casi se lo he agradecido, así que eran compañeras las que más me han hablado) me han agobiado un poco con tanto querer protegerme. "¿Qué te ha pasado? No hables." Y: "Haz gárgaras con bicarbonato. Con tomillo, con orégano"... cada una me decía una cosa. Vamos, que puedo hacer gárgaras con lo que sea, porque se ve que se hacen con todo. "¿Te estás tomando algo?" ¿Cómo no me voy a estar tomando algo, con el trancazo que llevo encima? Pero si tengo que explicarlo, me toca hablar y no puedo. Luego dos que me querían ayudar a cerrar los sobres de las cartas de las faltas de mis alumnos, que estoy afónica, ¡no manca! Al final tuve que dejar me ayudaran, aunque creo que lo hago mejor yo sola. Pero claro, no puedes discutir ni decir que ya te apañas sola si estás afónica.

De verdad, que se agradecen los mimos y la preocupación, pero me han puesto un poco de los nervios porque sólo quería que me dejaran en paz y hacer mis cosas como siempre. Luego me encuentro a la directora de camino al aseo y ella venía de la cantina: "¿Cómo vas?" Pero, no me hagas hablar, mujer. Y yo, susurrando: "Pues me he tomado un colacao caliente hace un rato." 

"¿Y cómo das clase sin voz?" Esto no me lo preguntaron profesores, sino mi madre, las que trabajan en secretaría y la de la cantina. Buena pregunta, pero es que no puedo contestar hoy. Todo el mundo queriendo hablarme más que nunca. En mi asignatura, hay mil maneras de dar clase sin hablar: listenings, vídeos, exámenes (en los que no se habla), presentaciones orales de los alumnos (que hablen ellos) y ya, si no hay más remedio, hojas de ejercicios que cada uno/a hace y yo voy por las mesas susurrando dónde se han equivocado y dónde no. O escribo las soluciones en la pizarra explicando por qué es la respuesta correcta. Por cierto, no sé por qué tengo la impresión de que mis mejores clases las hago cuando estoy afónica. Incluso varios alumnos y alumnas me dijeron que les había gustado más que otros días...

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Los olivos de Belchite.

Nunca he estado en Belchite, pero recuerdo que había una página que hablaba sobre el tema en un libro de español que usaba para dar clase a unos ingleses que se habían jubilado y se habían venido a vivir a España sin saber nada del idioma. No sé por qué, el sonido de la palabra "Belchite" les hacía mucha gracia. El caso es que, como me gustó La maestra republicana, decidí comprarme también Los olivos de Belchite. Me llegó el jueves por correo y el sábado ya estaba leído. 

Ambas novelas tratan temas similares: las huellas de la Guerra Civil todavía en el presente, aunque la gente se piense que no, que eso ya es pasado remoto y pasaron las consecuencias (sigue siendo un tema tabú, mi abuelo nunca me contó que había estado en un campo de concentración, me tuve que enterar por una fotocopia de un documento del Archivo Militar de Ávila), el contraste entre pueblo o el campo y la ciudad, temas económicos de actualidad, las parejas de diferentes culturas, los hijos secretos o los padres y madres secretos que se descubren al cabo de los años...

 Recogida de olivas en Matola (Elche). Foto cedida por A.Pérez.

Quizá lo que más me llama la atención de las novelas de Elena Moya es la vuelta a las raíces, a la tierra, al lugar donde has sido feliz. Supongo que me identifico de alguna manera con el amor de María, la protagonista, por los olivos centenarios porque pasé los veranos de mi infancia en el campo con los almendros de mi bisabuelo. Eso sí, reconozco que el olivo no es tan rugoso como el almendro y, por tanto, a la hora de trepar, no te haces tantos arañazos. Y bueno, aunque no es mi especialidad coger olivas, una también ha hecho sus pinitos, como ya conté: aquí. 

No quiero estropear la lectura, así que, no digo más. Os dejo que os perdáis por las calles de Londres o los campos de Belchite, las avenidas de Barcelona...

martes, 5 de noviembre de 2013

Por los Erasmus.

Porque fui Erasmus, porque nunca pagaron lo suficiente, porque los cuatro meses que pasé en la University of Ulster at Coleraine se los debo, sobre todo, a mis padres. Los sobresalientes y notables que saqué en el curso en que mejores notas tuve de toda la carrera, a pesar de tener que hacer los exámenes y los trabajos en un idioma que no era mi lengua materna, fueron la mejor manera de devolverles su sacrificio y su esfuerzo.





Por los Erasmus pasados, presentes y futuros, aquí van unos vídeos para dar voz a Ramsés, Aida,  Noelia y todos estos chicos y chicas que están estudiando en el extranjero actualmente. Además se lo dedico con cariño a Cristina, que está de Erasmus en Galway, como regalo atrasado por su cumpleaños.


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viernes, 1 de noviembre de 2013